La irracionalidad de la razón

Decía Aristóteles: “Solo que en los cuerpos vemos la parte que se desvía, mientras que en el alma no la vemos. Y quizá hay que pensar que también en el alma existe, no menos, una parte contraria a la razón que se opone a ésta y le hace frente. Y nada importa en qué sentido sea diferente, aunque parece que también ella participa de la razón como hemos dicho” (Aristóteles, EN).

Es de una genialidad sublime que hace más de dos mil años un hombre vislumbrara una gran diferencia: que el malestar no es solamente algo visceral, sino que existe una parte irracional dentro de la razón.  “Los pecados del cuerpo”, siempre se ha dicho. La maldad siempre ha estado condenada a un instinto animal. Lo corporal siempre ha sido una animadversión de nuestro “verdadero camino”. Pero, ¿no hay acaso una irracionalidad dentro la idealizada racionalización? No es menester que cite a Ellis y sus creencias erróneas (quien no lo conozca creo que debería de leer algún que otro libro de autoayuda, por cultura simplemente).

En psicología de hecho tenemos un mecanismo de defensa que llamamos racionalización. La persona con esta fuerte creencia cree que todo se puede descifrar, de hecho lo utiliza para todo. Intenta anticipar “sabiamente” cada uno de sus movimientos para justificarse. Esta última palabra anteriormente escrita es la clave. ¿De que se justifica? Y aquí es donde tenemos la gracia: de otra creencia más nuclear o “profunda”.

Pongamos un ejemplo. Supón que durante mi infancia nunca han creído que pudiera hacer algo bien. Seguramente si de adulto tengo esta creencia racional maximizada (no voy a explicar toda una historia infantil), seguramente cada vez que fallo en algo intentaré buscar una explicación en la que no me sienta yo culpable (ejemplo: mi jefe me tiene manía). ¿De qué tiene miedo esta persona? De volver a sentir ese sentimiento de inutilidad. Se lo permite tan poco… que el pobre tiene que hacer malabares para no volver a repetir ese sentimiento no resuelto.

Volvamos al gran Aristóteles. Analizando este pequeño fragmento se puede intuir el gran poder que concede a lo hábitos. Su filosofía moral prácticamente se centraba en la habituación de la conducta virtuosa. La razón mal practicada puede llevar a hábitos que nos paralizan para el camino en nuestra autorrealización.
Crear un hábito es francamente difícil. Normalmente buscamos mil y una excusas para librarnos de ello. El problema es cuando no sentimos el dolor por abandonar el hábito. Buscamos no sufrir a toda costa. Nos han taladrado en la cabeza que el dolor es algo negativo que hay que evitar. Recuerdo un chiste en el que un hijo entregaba las notas a su madre y le decía: No me eches el puro mama que sino me bajas la autoestima. Esta viñeta era mu característica de la sobreprotección que tenemos actualmente.

La sociedad está creando un sistema inmune mental en el que no ha pasado por ningún resfriado. Los personales de la sanidad saben a lo que me refiero. Ese organismo, por protegerlo, es más vulnerable conforme más pasa el tiempo.

Exponerse a nuestros temores siempre ha sido la mejor terapia de todas. Exponerse no es ser un inconsciente. No es huir hacia delante. Es ser consciente de lo que te da miedo y aceptar que es una parte de ti.

Así se crea un hábito.

 

 

Recommended Posts

Leave a Comment