Frío silencio

Hacía frío, mucho frío.

No paraba de temblar.

Lo sabía pero no lo sentía.

Me encontraba inquieta, cansada, derrotada.

Tu lágrima estaba helada.

Primero no dijiste nada. Miraste a un lado. 

Con eso respondiste.

Fue un “yo no”.

No te atrevías a decirlo.

Yo no me atrevía a escucharlo.

Supongo que la negación es nuestra pareja de por vida.

Sabía que tenía que decirte adiós. La palabra más sana, la más difícil. 

No podía. 

“¿Quieres dejarlo, Eva?” La única verdad que dices y es una pregunta.

“No puedo”. Mi única verdad y es una impotencia.

“¿Quieres?”

“Lo único que sé que quería era una respuesta afirmativa”.

El silencio vuelve. El gran argumento de la noche.

No se lo digo, pero quiero irme de allí. Pero sé que cuando me gire todo habrá acabado. 

Siempre es así. 

Todo termina cuando por fin te atreves a mirar para otro lado. Todo duele más cuando miras a los ojos.

Me giré. 

Saqué las fuerzas de la agonía del día siguiente. 

Caminé deprisa. “Vuelve, cógeme de la mano, dime que no me vaya de tu vida nunca”. 

Cada paso me lo decía. 

El silencio volvió a hablar.

Hacía mucho frío. 

“No te gires. No lo hagas”. 

Lo hice.

Volví a mirar a unos ojos que no estaban.

“Solo he dicho que estaba enamorada de ti”.

Silencio.

No estabas.

Entonces me di cuenta:

                          Nunca estuviste.

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