Decir Adiós

El ser humano nace en la pérdida. Se despide de una seguridad eterna como puede ser el útero materno para pasar a un mundo aterrador del que solo puede controlar las cosas mediante su llanto.

Pero los llantos no pueden durar eternamente. El tiempo en el que oscilan es cuando no hemos asumido la despedida.

Y es que hay veces que hay que decir adiós.

A veces es decirle adiós a una casa que jamás se convirtió en hogar. Cuántas veces ocurre que llenamos espacios con ilusiones que se destrozan como copas de vino que, al no fijarnos, caen desparramando su líquido y sus cristales. Desviar nuestra atención en lo importante deriva en rupturas que no esperamos. 

Duele, claro que duele. Es la ausencia de que lo esperaba de alguien y no pudo cumplir. Lo que yo no fui para ella. Lo que esa persona no pudo ver y lo que yo no supe mirar. 

Es quedarte con el “¿ y si lo hubiera intentado una vez más?”. Convivir toda una vida con el sentimiento de una despedida amarga. Decidir despegarte por no haceros más daño.

Querer, y aún así darte la vuelta, hacerlo por eso. Porque vuestras miradas no se crucen para no volver a fundiros y que el hástio vuelva a reinar en lo que creías que iba a ser (de nuevo) una felicidad que encubre ficción. 

Decir adiós es alejarte de una parte de ti, lo más seguro que para siempre. De entrelazar unas manos por la calle y una sonrisa por la mañana. Es mirar si estás guapo para ella, es pensar en qué le gustaría. Es no dejar de pensarlo nunca. Pero es lo que toca, pero no asumes.

Es cerrar una puerta para siempre, dejar que habite otro en un lugar que fuiste eterno. Es creerte que deseas que sea feliz de otra manera, pero descubres tu egoísmo al ver que tu querer es que no lo haga.

Y tienes que hacerlo.

Porque a veces puedes ser una estrella fugaz…

…pero la otra persona no está en el momento para poder mirar al cielo.

Es cerrar una parte de tu vida. Decidir mirar por la mirilla mientras cambias el cerrojo de tu memoria.

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